20/11/2009

La vagabunda* VI

Montevideo, la improbable




Montevideo 2029. Me piden que me proyecte, que haga el ejercicio. ¿Pero cómo imaginarlo, siendo como soy una vagabunda, una eterna pasajera en tránsito? Proyectarme hacia el futuro es casi imposible para mí. Pienso: voy a tener 53 años. Pero no es verdad; esa cifra no significa nada para mí. Cuando pienso en el futuro, pienso en tsunamis, en cáncer cerebral, en accidentes de avión. Fobias, miedos, ansiedad. No hay forma más fácil de desconectarse de uno mismo, de desintegrarse, que pensar en el futuro. A menudo me siento al borde de un precipicio, que de un momento a otro daré un paso y caeré al vacío, o peor (¿mejor?), que saltaré al vacío. Año 2029. Esté donde esté, no puedo imaginar vivir en ninguna parte sin volver, irremediablemente, a Montevideo. En un documental del año 65 (Ladies and Gentlemen… Mr. Leonard Cohen), Cohen dice que cada tanto tiene que volver a Montreal, su ciudad natal, a “renovar los lazos neuróticos”. Los mismo me pasa con Montevideo. Necesito volver, renovar las viejas neurosis y salir lo antes posible, antes de que Montevideo acabe conmigo. ¿Problema de Montevideo? No. Problema mío. De mis ansias de escape. Escapar de su ciudad es escapar de uno mismo. Escapar en vano, claro está, como dijo Kavafis: “No hallarás otra tierra ni otro mar/ La ciudad irá siempre en ti. Volverás / a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez; / en la misma casa encanecerás. / Pues la ciudad siempre es la misma. Otra no busques / -no hay-, / ni caminos ni barco para ti. / La vida que aquí perdiste / la has destruido en toda la Tierra".

Le estoy sacando el cuerpo al ejercicio. Cuando pienso en Montevideo futurista me vienen a la mente imágenes de la película Brazil, no sé por qué, tal vez por el Palacio Salvo, esa ciudad hecha edificio. Ese edificio hecho cohete. Yo viví en el Palacio Salvo, en el cuarto piso con vista a la plaza. De vez en cuando me despertaba la banda militar con sus trombones, y al mirar por la ventana veía blandengues y coronas de flores a los pies de Artigas. A veces me despertaban las cucarachas, simplemente; me caminaban por las piernas mientras dormía, y eso a pesar del señor fumigador y de las trampitas de plástico que había puesto en todos los rincones. Puedo decir que las cucarachas me desalojaron, terminaron con mi sueño del Palacio.

Montevideo 2029 será también las ruinas arqueológicas de mi memoria. A los 53 años, el pasado será más largo que el futuro. Supongo que recorreré la ciudad, el barrio Cordón y La blanqueada, constatando los cambios. Esa cuadra de la calle Chaná que antes parecía eterna, todo un mundo, y que ahora no es más que eso: una cuadra de cien metros que camino a las apuradas. La panadería, que ya se habrá convertido en farmacia (¿por qué hay tantas farmacias en Montevideo?); el Salón Liborio pero sin Liborio. Pensaré en los bares y en las personas que ya no están. Sobre todo en las personas, porque ¿qué es una ciudad sino eso, el mapa de los afectos? Será por eso que, hacia el final de su vida, mi abuela se sentía desorientada, como si ya no perteneciera a la ciudad, porque casi todas sus amigas habían muerto. Al revés, debería haber dicho “como si la ciudad ya no le perteneciera”. Los ladrillos habían sido esas personas y ahora eran polvo que vuelve al polvo, una ciudad derrumbada.

Mi ejercicio fracasó, lo sé. Empecé sabiendo que iba a fracasar y no hay fórmula más segura para el fracaso. Supongo que Montevideo seguirá avanzando en la misma dirección en que la he visto avanzar en los últimos 15 años. Se irá latinizando, se irá pareciendo cada vez más a una ciudad de América Latina y cada vez menos a una ciudad de Europa. Es que hace mucho que no se le parece, bah, aunque sí en nuestro imaginario, en nuestra fantasía europeizante. Y supongo que en 2029 Montevideo no será un mal lugar para una mujer de 53 años. Sin duda me sentiré joven, una piba, si se toma en cuenta que la población seguirá envejeciendo y que mientras a principios del siglo XX había 16 jóvenes por cada adulto mayor de 65 años, hoy sólo hay 2. Uruguay es, por lejos, el país más “viejo-friendly" de América Latina (13% de la población contra 5% en Argentina y 9% en Brasil), y la proyección indica que para el 2030 ese porcentaje habrá aumentado al 16%.

Y es ésa --¡ahora me doy cuenta!-- la razón por la que hay tantas farmacias en Montevideo. Para entonces tal vez el Salón Liborio, el Bar Tasende, la Librería del Cordón y la Cinemateca 18 también se habrán convertido en farmacias.

*La vagabunda es la columna que escribo para la revista Freeway. Este texto corresponde al mes de octubre. Foto de Fernanda Montoro

11/11/2009

La vagabunda*

Primavera en Nueva York




Mi habitación es la 828 (la de Leonard Cohen fue la 222, la de Bob Dylan, la 211). Del pestillo cuelga uno de esos carteles de no molestar típicos de los hoteles, sólo que éste dice: “Por favor, no molestar. Estoy escribiendo la próxima gran novela americana”. La habitación explota de luz. Desde la ventana se ven los techos vacíos, las azoteas deshabitadas; sólo tanques de agua y estructuras de metal. El baño es compartido y queda en el pasillo. Sobre la cama hay un shampoo y un jabón que dicen Hotel Chelsea New York. A rest stop for rare individuals. Los que lo conocieron de otras épocas dicen que ya no es lo mismo, pero alcanza con pasar diez minutos en la recepción para entender a qué se refieren con individuos raros. La mayoría de las personas con las que me cruzo en el ascensor viven ahí. Traen sus perros, sus gatos, sus loritos en el hombro. Traen sus peinados estrafalarios, sus caras trasnochadas. Camino por los pasillos, busco puertas abiertas para espiar mundos ajenos. ¿Cuánto hace que sueño con pasar una noche en el Chelsea Hotel? Más de diez años, desde el día en que escuché la canción de Leonard Cohen, probablemente. Mucho antes de saber que este hotel tenía una historia, que allí Bob Dylan había escrito Sad Eyed Lady of the Lowlands y Kubrick y Arthur Clarke, el guión de 2001: Odisea del espacio; antes de saber que ahí había muerto el poeta Dylan Thomas (en la habitación 205) y vivido Patti Smith con Robert Mapplethorpe, quienes por las noches se cruzaban con otro residente: el viejo, ya viejo, William Burroughs. Mucho antes, también, de haber conocido la recepción, de haber pasado un rato sentada en los sillones del hall, mirando las paredes cubiertas de cuadros, envidiando a los que entraban y salían… Pero ahora estaba ahí. Tenía 24 horas, y mi habitación era la 828.

Por la noche voy a un concierto de Irma Thomas, negra imponente que no ha perdido la robustez del cuerpo ni de la voz y que es apodada “la reina del soul de Nueva Orleans”. Como cada país tiene su cliché, pido un dry martini, la bebida mítica de Truman Capote, Scott Fitzgerald y hasta de James Bond. Somerset Maughman dijo que un buen martini debía removerse, no agitarse (stirred, not shaken). Después supe que un estudio científico había demostrado que un martini “agitado” liberaba más antioxidantes. Yo me pregunto quién tomaría un dry martini por sus propiedades antioxidantes… Como sea, tres martinis son demasiados martinis. Por algo le llaman la “bala de plata”, porque es clara, potente y siempre da en el blanco: tres martinis con el estómago vacío y te parece que la ciudad de Nueva York está adentro de tu cabeza.

Al la mañana siguiente la primavera brilla en todo su esplendor. La gente se precipita a las plazas como si hiciera años o siglos que no ven el sol. Hay flores amarillas, las flores comunes y corrientes de todos los parques, plazas y jardines neoyorquinos. Narcisos. Recién hoy me entero de que esas flores con picos se llaman narcisos, y ahora me parece obvio que ésa sea la flor de Nueva York. Tengo un café en vaso de papel apretado entre las manos. Los ejecutivos sacan sus laptops y trabajan al sol. Las mujeres comen de sus tupperwares. Un grupo de hombres ha organizado un torneo de bochas. Algunos parecen jubilados –llevan camisas de felpa–, pero también hay un hombre muy elegante que ha dejado su saco prolijamente colgado sobre la silla. Las palomas vienen a pedirnos migas. El sol rebota en los edificios espejados y nos hiere los ojos. Es así, la primavera en Nueva York.

Vuelvo a Francia preguntándome cuál será el tema del momento. Cansada y sin haber pegado un ojo durante el vuelo, abro una revista y me encuentro con una larga nota sobre “por qué los estadounidenses no leen literatura francesa contemporánea”. Al parecer, muy pocos autores franceses (entre los afortunados se encuentra Houellebecq, que de todos modos ha dado pérdida a sus editores norteamericanos) son traducidos al inglés. Gran escándalo. Francia no comprende cómo una cultura hegemónica puede no interesarse por una ex cultura hegemónica. (Andy Warhol hablaría de los quince minutos de fama.) Cuando se le pregunta, Philip Gourevitch, un escritor y periodista estadounidense, contesta: “¿Por qué leeríamos nosotros una novela francesa donde un tipo habla de su divorcio, si en Estados Unidos tenemos miles de novelas de tipos que hablan sobre su divorcio?”. Cierro la revista. Mejor dormir.


*La vagabonde es la columna que escribo para la revista Freeway. Este texto corresponde al mes de setiembre.

10/09/2009

La vagabonde IV*

Pies en el agua



Venecia en verano y bajo el signo de la gripe porcina. Pienso en Muerte en Venecia, en la peste que acecha en las esquinas mientras un olor pútrido sube de los canales. Dentro del compartimento de seis cuchetas, una mujer muy emperifollada no para de toser en toda la noche. Las ventanas están cerradas y la puerta con tranca porque los robos abundan en los trenes nocturnos. El marido ronca a todo volumen y la mujer tose como una condenada. La peste, pienso, la gripe. Pienso también en la llegada de Gustav von Aschenbach en barco a Venecia: “y comprendió entonces que llegar por tierra a Venecia, bajando en la estación, era como entrar a un palacio por la escalera de servicio. Había que llegar, pues, en barco a la más inverosímil de las ciudades”. 

Pero nosotros llegamos por la puerta de atrás, a las diez de la mañana, y arrastramos nuestros valijas escaleras arriba y escaleras abajo hasta la casa del señor Gianni, en el barrio Castello. Venecia no fue hecha para valijas, ni para carros de bebé, ni para ancianos con bastón. Es una ciudad que se burla de nosotros con aire altanero y a la que todo el tiempo le estamos perdonando algo. El mal olor, los barcos carísimos y atestados de gente, el hecho de que te hagan pagar la entrada en cada iglesia, capilla y capillita, y te obliguen a cubrirte los hombros, la espalda, las piernas, el escote. ¡Hasta hay que poner monedas para que se encienda la luz que ilumina un cuadro oscuro dentro en una iglesia remota! “Bueno, es Venecia. Qué se le va a hacer...”

Nuestro anfitrión es un maestro jubilado adepto al cine. Nos recibe con solemnidad. La casa es sombría y en el pallier hay un cuadro de unas frutas iluminadas por el sol. Esa luz, la del cuadro, parece ser lo único que brilla dentro de la casa, y por un momento me parece que el cuadro somos nosotros y que esa luz es el verdadero sol. Ésa es una sensanción que tengo a menudo: que las cosas son al revés de como las veo, que siempre estoy engañada o engañándome. Gianni saca un cuaderno de tapa dura y con una letra cursiva impecable anota nuestros datos. Está en contra de las computadoras, dice. Las paredes están repletas de DVDs y de cintas de video y nos cuenta que está escribiendo un guión. Al otro lado de la ventana, las siluetas de los gondolieri se deslizan como fantasmas.

            Son los días de inauguración de la 53 Bienal de Venecia y las calles se han llenado de gente del mundo del arte. Todos parecen salidos de una revista de moda; no hay nadie que parezca un artista de los de antes, pobre y desgarbado. Ahora todos cuidan su look; el estilo ya no es una declaración, una rebeldía, sino simplemente algo que hay que cuidar, aunque no se sepa bien por qué. No faltan algunas celebridades. Me cruzo con Agnès Varda, que filma las calles del barrio Canareggio con una cámara digital, pero no me animo a saludarla. Por todos lados hay aperturas y fiestas, y alcanza con caminar un poco para encontrar algún lugar con canilla libre de prosecco, el vino espumante de la región. Eso viene bien, porque a veces el alcohol ayuda a entender algunas obras de arte. Los visitantes se paran frente a las obras y mueven la cabeza; yo me pregunto si ellos también habrán estado tomando prosecco.

            Venecia es una de las raras ciudades donde hay más hombres viejos que mujeres. Eso se ve en las cantinas, después de las seis de la tarde. Hombres que llegan con sus perritos atados con correa, se acodan a la barra y piden un spritz (vino blanco, soda y Campari). Se lo toman en dos tragos secos, pagan con monedas y se van. Nosotros comemos bacalao con polenta, plato típico veneciano. De pronto se oye una sirena; parece la sirena de un incendio o de una catástrofe. La moza nos explica que anuncian acqua alta: en pocas horas las aguas inundarán buena parte de las calles, sobre todo la Plaza San Marco, que está por debajo del nivel del mar. Esta noche, pies en el agua, nos dice. Y así es. De a poco el agua va subiendo, como charcos ominosos, y unas horas después ya no hay por donde pasar sin mojarse los pies. En la plaza los turistas están en un frenesí, los pantalones remangados y vadeando con el agua hasta las rodillas. Las olas suben por las escalinatas como un animal hambriento. Las luces de la plaza se reflejan en el agua negra. Venecia irreal. Venecia condenada.

            Al volver, con algunos spritz de más, encontramos a Gianni en pantuflas y bata, parado junto a un hombre que parece tener al menos ochenta años. El viejo está sentado frente a una máquina de escribir roja y tipea con un solo dedo lo que Gianni le dicta de una hoja escrita a mano. Levantan la cabeza de su tarea y nos dicen buona sera. El viejo parece una de esas calaveras mexicanas de madera, con los brazos y las piernas articulados. Desde la habitación oigo el teclear desaforado de la máquina mientras miro Domani, la película de De Sicca, en un viejo televisor blanco y negro. Como no entiendo italiano, me dedico a especular sobre la edad de Sofia Loren: así eran las mujeres bellas antes de la era de la liposucción, pienso. ¡Y Marcello tenía razón de aullar como un lobo! A la mañana siguiente le pregunto a Gianni. Él dice sin titubear: “La película es del 63. Sofia nació en el 34… Tenía 29 años.” 


*La vagabonde es la columna que escribo para la revista Freeway. Este texto corresponde al mes de agosto.



02/09/2009

Playa

El mar está picado y gris. Las olas rompen desordenadas. No se arquean, sino que avanzan sobre la superficie como un rodillo de pintura blanca. Mirás el cielo y pensás que va a haber puesta de sol porque las nubes no cubren el horizonte. La arena está húmeda y te enfría los pies. El viento nos embolsa la ropa y suena como el aleteo furioso de un pájaro. El sol sigue bajando. Estás a punto de verlo aparecer entre las nubes y decidís recibirlo desde el agua. El frío no te importa; nunca te importó. Te veo avanzar hacia la orilla y pienso que quererte es como pasar por debajo de una ola revuelta; es como tener cinco años y esperar a papá en el aeropuerto; es explotar globos con un alfiler escondido en la manga; es dejar para el final la parte dulce de la margarita.


El sol pasó la franja de nubes y ahora es un disco enorme que te encandila. Baja más, más, ya casi. Las olas te golpean. Yo acá. Vos, una sombra contra el sol.

13/08/2009

La vagabonde* III

Ell@s


A veces las grandes diferencias se ven en las pequeñas cosas. En Un cuarto propio, Virginia Woolf se pregunta por qué los hombres toman vino mientras las mujeres toman agua. En el primer cuento de Secretos abiertos, de Alice Munro, un viudo se interesa por la bella y misteriosa bibliotecaria Louisa, pero luego cambia de opinión porque “nunca antes había visto a una mujer tomar vino”. Alice Munro es, además, una escritora que entre sus muchas virtudes tiene la de no hacer de sus cuentos un mecanismo de relojería (concepto de por sí bastante masculino) y que parece desafiar la idea de que un cuento debe contar una sola historia, despojada de cualquier frase, palabra y situación sobrante o supérflua, como una flecha que se dispara directo al punto final.

Ochenta años después del publicación de Un cuarto propio, todavía hay gente que mira con algo de pena a una mujer que se sienta sola en un restorán y pide una copa de vino. Todavía hay quienes levantan las cejas cuando una mujer acepta que se le rellene la copa y hacen comentarios –en broma, claro; riendo, claro— del estilo: “ella sí que empina el codo”, mientras el propio anfitrión apenas puede mantenerse en pie. El feminismo, como el postmodernismo, está muerto. Y sin embargo, a igual trabajo, la diferencia salarial entre hombres y mujeres en Francia sigue siendo del 20%. Del 30 en los cargos importantes y del 40 cuando se incluyen en las estadísticas los trabajos de medio tiempo. Algo que no parece indignar a nadie, ni siquiera en un país del primer mundo, el país de Simone de Bauvoir y de El segundo sexo, el país donde el aborto es legal desde 1976 y donde el más mínimo movimiento puede desencadenar huelgas y enormes manifestaciones.

En este contexto, el monumental Centro Georges Pompidou de París inauguró el 27 de mayo elles@centrepompidou, una muestra consacrada a artistas mujeres desde el siglo XX a la actualidad. El objetivo: “colocar a las creadoras en el centro de la historia del arte moderno y contemporáneo”. Se trata de la primera exposición de estas características y de esta envergadura en el mundo y ya ha despertado polémica, aplausos y abucheos en los diarios y blogs del mundo entero. Ya antes, las Guerrilla Girls, un grupo de artistas-activistas del Nueva York de los ochenta, que buscaba poner de manifiesto el desequilibrio de género y raza en el arte, popularizó el póster amarillo donde la odalisca de Ingres posaba con cabeza de gorila y parecía rugir: “¿Las mujeres tienen que estar desnudas para entrar al Museo Metropolitano? Menos del 5% de los artistas en las secciones de arte moderno son mujeres, pero el 85% son desnudos de mujeres”. En el propio Centro Pompidou, el 17% de su vasta colección corresponde a obras de mujeres.

Los detractores de elles@centrepompidou hablan de una “guetoización”. Crear una exposición únicamente formada por mujeres sería relegarlas al mismo lugar precario y marginal que siempre ocuparon. Pero los directores de museos, curadores y artistas, tanto hombres como mujeres, parecen estar de acuerdo: se trata de un llamado a la reflexión, de dar visibilidad a grandes artistas mayormente desconocidas. Un paso importante en un país donde, al contrario que en sus vecinos anglosajones, no existen los llamados "women studies" y donde otros temas, como los graves problemas raciales y de inmigración, han captado toda la atención.

Importante reflexionar, sí, plantearse algunos de estos temas sin prejuicios ni salidas fáciles. El riesgo, sin embargo, es siempre el mismo, que el contenido político opaque lo más importante, y en definitiva, lo único importante: que esta muestra reúne grandes obras de grandes artistas. Frida Kahlo, Sonia Delaunay, Dora Maar, Dorothea Tanning, Niki de Saint Phalle, Louise Bourgeois, Diane Arbus, Eva Hesse, Jenny Holzer, Annette Messager, Laurie Anderson, Patti Smith, Rachel Whiteread, Kusama, y muchas más a descubrir entre las 500 obras de las 200 artistas seleccionadas. La exposición estará abierta hasta mayo de 2010.



*La vagabonde es la columna que escribo para la revista Freeway. Este texto corresponde al mes de mayo. Foto de Fernanda Montoro.