26/01/2010

Asamblea portátil


El 20 de enero se presentó en Lima la antología Asamblea Portátil, otro proyecto del infatigable Salvador Luis, escritor y director de Los noveles.

Según explicó Salvador:
"Asamblea portátil es un libro que empezó a gestarse en 2008 y en el que han participado casi 40 autores. Hubo un proceso de preselección del cual finalmente quedaron los 25 que se encuentran en el libro. Mi intención principal ha sido la de concentrar distintas propuestas en un mismo libro; es decir, tratar de hacer una muestra de lo que se podría considerar la diversidad de la narrativa iberoamericana.

Lo iberoamericano y no sólo lo latinoamericano, por cierto, era algo que me interesaba subrayar como antólogo. Este libro incluye autores españoles, pues me parece que en estos tiempos no podemos separar la narrativa de la Península de la latinoamericana. Una muestra conjunta me parece más honesta. En España se lee a muchos latinoamericanos y lo opuesto sucede en nuestros países. Esa conexión sin duda permite que se pueda hacer una selección como la que hemos propuesto, con textos de ambos lados del Atlántico."

No puedo contarles más sobre los cuentos incluidos, porque la "caja-maleta" todavía está en vuelo, pero espero hacerlo pronto. También estamos trabajando para que Asamblea Portátil se distribuya en algunas librerías uruguayas en los próximos meses. Más noticias en este mismo canal. Pueden visitar el blog de la antología: http://asambleaportatil.blogspot.com

Los autores incluidos son:

Samuel Solleiro (España, 1982) - Rodrigo Fuentes (Guatemala, 1984) - Solange Rodríguez Pappe (Ecuador, 1976) - Juan Sebastián Cárdenas (Colombia, 1978) - Mónica Belevan (Perú, 1982) - Juan Ramírez Biedermann (Paraguay, 1976) - Jorge Enrique Lage (Cuba, 1979) - Fernanda Trías (Uruguay, 1976) - Miguel Antonio Chávez (Ecuador, 1979) - Rodrigo Hasbún (Bolivia, 1981) - Federico Falco (Argentina, 1977) - Mayra Luna (México, 1974) - Diego Trelles Paz (Perú, 1977) - Lara Moreno (España, 1978) - Rodrigo Blanco Calderón (Venezuela, 1981) - Katya Adaui Sicheri (Perú, 1977) - Diego Zúñiga Henríquez (Chile, 1987) - Leonardo Cabrera (Uruguay, 1978) - Elvira Navarro (España, 1978) - Maximiliano Matayoshi (Argentina, 1979) - Gabriel Rimachi Sialer (Perú, 1974) - Mauricio Salvador (México, 1979) - Claudia Apablaza (Chile, 1978) - Samanta Schweblin (Argentina, 1978) - Michel Encinosa Fú (Cuba, 1974)

13/01/2010

La vagabunda VIII*

Mi prueba es que lo vi


Hace exactamente diez años, con los ahorros de mi primer trabajo, viajé por primera vez a Londres. Quería recibir el nuevo siglo a lo grande, así que esperé la llegada del año 2000 al borde del Támesis, junto a más de un millón de personas que brindaban bajo los fuegos artificiales de la Reina. La gente se había disfrazado, pero no de calavera, de pirata o de mujer maravilla, sino de época, con vestidos acampanados y pelucas blancas. Hacía frío pero el amontonamiento era tal que ni se sentía. Bajo los puentes habían puesto escenarios con DJs y la gente bailaba, cada uno con su botella y su copa en la mano. Yo había llevado mi vieja cámara Nikon FM2, y sacaba fotos, porque aquello parecía cualquier cosa menos el nuevo milenio. En cierto momento la palanca para pasar de foto se trabó y fui a cambiar el rollo. Abrí la cámara y estaba vacía. No había rollo, es decir que no había sacado ninguna foto, nada de todo eso que yo creía haber registrado para la historia. También los rollos habían quedado en el hotel. Guardé la cámara y, cuando la gente se fue dispersando, caminé por el puente hacia la otra orilla del río, donde estaba la entrada del subterráneo. En mitad del puente me paré a mirar la ciudad. A lo lejos y a la derecha, el Big Ben. A la izquierda la nueva rueda gigante, que debía haberse inaugurado esa noche pero que al final nunca lograron hacer funcionar. Los edificios estaban iluminados y las luces se reflejaban en el agua negra, tan negra que sólo se intuía allá abajo. Era el nuevo milenio y yo quería quedarme con ese sentimiento de que el futuro podía ser algo bueno. Miré todo con fuerza, con la fuerza de quien no quiere olvidar ni el más mínimo detalle, y después cerré los ojos. Ésta es mi foto, pensé, para siempre en la memoria.

Un año después de aquel viaje me robarían la FM2 en un balneario, y con ella también se iría, no sé bien por qué, mi interés por sacar fotos. La década recién empezaba y otros momentos iban a quedar grabados en el recuerdo, sin otro testigo que yo misma.

Ésta es la lista:

Movimiento de tierra en Japón; helados de té verde; postres de tofu; inodoros que hablan; monjes budistas que no hablan; la Habana o el silencio de una ciudad sin carteles publicitarios; una señora que dice que Fidel es su único marido; un hombre que medita para sacarse el hambre; la alegría y el vértigo de publicar mi primer libro; la alegría y el vértigo de que otros lo tomen en serio; las torres gemelas se derrumban; llanto; nube de polvo; esas personas que son el marido o el padre de alguien, saltando en vivo y en directo por la ventana; una sábana como paracaídas ilusorio; guerra; colas interminables en los aeropuertos; no más cremas ni pasta de dientes en los aviones; no más alicates ni pinzas de cejas; madres obligadas a probar la leche de las mamaderas; crisis económica en el Río de la Plata; corralito; dólar disparado a las nubes; la cara de la gente en el ómnibus; desazón por todos lados; veo morir a un amigo, veo el suspiro que se lleva la vida; gano una beca; viene el tsunami; decido otra vez romper con todo y reconstruirme con esos pedazos; me instalo en Francia; conozco gente; aprendo un idioma; descubro que no hay límite para la queja, tampoco cuando se tiene todo; Sarkozy usa tacones y se casa con Carla Bruni; cuarenta mil autos incendiados; un político declara que hay demasiados jugadores negros en la selección francesa; mujeres de velo esperando en la oficina de inmigración; un viejo que me dice que vuelva a mi país sólo porque demoré dos segundos en dar un paso hacia delante en la cola del supermercado; más y más síntomas de un mundo que sí está demorando mucho en dar un paso hacia la tolerancia; gana Obama; Obama tiene Flickr; Obama está en Facebook; todo el mundo está en Facebook; tormenta de nieve en China; país paralizado; millones de personas atascadas y a la intemperie; no hay luz, no hay transporte, no hay calefacción, no hay comida; camino entre ese desastre pero sin que el desastre me toque; propaganda en los canales de televisión; videoclips con música melodramática donde los militares reparten comida a la gente; videoclips en los que nadie tiene miedo, no hay tragedia; no puedo a entrar a mi blog desde Shangai, acceso denegado; Wikipedia, acceso denegado; conozco el desierto argentino; me enamoro del desierto argentino; cumplo 33 años; empiezo a pensar que tal vez sea hora de volver al sur.

Mi década empezó así: con ese parpadeo que fue para mí un salto de fe, la idea o la fantasía de que yo era dueña de mi destino; y terminó con la amargura de una derrota jurídica: la de la papeleta rosada. La derrota de la moral, de la posibilidad de ser un pueblo un poco más justo. Ahora otra década empieza. Vendrán nuevos desastres y nuevas victorias. Incluso es posible que, esta vez sí, demos un salto definitivo hacia la esperanza.


*La vagabunda es la columna que escribo para la revista uruguaya Freeway. Este texto corresponde al mes de diciembre.

28/12/2009

La vagabunda VII*

La valla de Berlín


“Vayan temprano”, dijo Matthias, “Hay ambiente de fiesta”. Y ambiente de fiesta era lo que necesitábamos para compensar el frío berlinés, ese verano que es primavera, ese otoño que es invierno, y ese invierno que es sencillamente insoportable. Feriado nacional, día de la reunificación, 300,000 berlineses a lo largo de Unter den Linden y dos carrozas gigantes, símbolo del Este y del Oeste, que se encontrarían en la puerta de Brandenburgo. “¡A las tres confluyen las carrozas!”, dije, y ya me imaginé agitando banderines alemanes, tomando cerveza, armando escándalo. Música. Tal vez el himno nacional. Decoraciones en los árboles. Y más berlineses entrechocando chops, mientras las carrozas se unían en un acto triunfal. Hasta ahí todo bien, pero salimos tarde y temí que nos perderíamos las carrozas: los alemanes no permitirían que la reunificación se atrasara.

Faltando diez cuadras parecía un día de partido en el Centenario: la gente llegaba de todas las esquinas y se iba uniendo en una procesión hacia Brandenburger Tor. Pasamos por Potsdamer Platz, el barrio futurista, y cuando ya casi habíamos llegado, encontramos que la calle estaba cortada con una valla de metal. ¿Por qué los peatones no podían pasar hacia el desfile? No se sabía. La explicación la daban en alemán, detrás de la valla, militares vestidos de verde. La gente les preguntaba y ellos meneaban la cabeza y señalaban un camino que implicaba un largo rodeo. Pero cada vez que doblábamos una esquina, ahí estaba de nuevo: la valla de Berlín, la valla que nos separaba de las carrozas y de la reunificación. Un militar gritaba por un altavoz. Tal vez simplemente estuviera diciendo: “Doblen a la derecha que no hay valla”, pero yo tenía la sensación de que estábamos siendo arreados hacia un lugar poco prometedor. Pasamos frente a la Embajada Británica, un edificio que yo recordaba haber visto en una guía de arquitectura moderna. Frente a la puerta, militares con ametralladoras. “Es una mezcla de bunker con pelotero de McDonalds”, dijo mi amigo, y tenía razón.

Pero nada es imposible, y como quien no quiere la cosa llegamos a Unter den Linden. La calle estaba repleta de gente y todos miraban hacia la derecha. ¿Qué miraban? Seguro que algo estaba pasando. ¿O no? El problema era cómo alzarse por encima de todos esos alemanotes; el enanito de la clase medía un metro noventa. El otro muro de Berlín. Di unos saltitos para ver lo que estaba pasando, pero no alcancé a ver más que otro río de gente. Un hombre que me veía saltar con un entusiasmo totalmente injustificado, agitó la cabeza con desazón y dijo algo en alemán que bien podría traducirse como: “Acá no pasa naranja”. Llamamos a Matthias: “Acá nada se mueve”, nos dijo, y él hacía dos horas que esperaba. Recién entonces caí en la cuenta de algo: ¿y el ánimo festivo? Nadie tenía la cara pintada con los colores de la bandera alemana; ni un chop de cerveza; ni un bombo; ni un platillo. No sólo no había música, sino que la gente estaba muy callada. 300,000 personas en silencio, esperando. Tampoco había banderines. Ni un solo vendedor aprovechando el aburrimiento de los presentes. “Ni un carrito de salchichas”, dijo mi amigo, que empezaba a tener hambre.

A lo lejos, como una ilusión inalcanzable, se veía un muñeco gigante, mezcla de Michael Jackson y del Guasón. Quieto, apagado. Lo que sí estaba lleno era el restorán de Mercedes-Benz. Un local lujoso, con enormes ventanales donde se exhibían los últimos modelos y un señor con sombrero de copa que abría la puerta. Claro, era un barrio demasiado chic para las salchichas ambulantes. “Deberían vender champán”, dije. ¿Por qué a nadie se le había ocurrido poner un carrito de champán? Sería un negoción: Pommery a diez euros la copa.

Finalmente la carroza pasó. Vimos una sola, la que venía del Este, una marioneta articulada de 14 metros de altura con un pilot amarillo de marinero. Atrás, un barco se agitaba en un mar picado. El barco era de verdad, se agitaba de verdad y el agua, también de verdad, salpicaba a diestra y siniestra gracias a que unos ventiladores gigantes simulaban un tifón. Demoró cinco minutos en pasar y empapó a todo el mundo. Algunas personas aplaudieron, pero unos cuantos niños, mojados y con frío, se pusieron a llorar. En cuanto la carroza se detuvo, a unos metros nomás, sentí que la fiesta se había terminado. Y lo confirmé en un minuto: con cara de haberse divertido poco, la gente se dispersó, buscando el refugio cálido de un café para ponerse a hablar de otra cosa.



*La vagabunda es la columna que escribo para la revista Freeway. Este texto corresponde al mes de noviembre. Foto de Fernanda Montoro

20/11/2009

La vagabunda* VI

Montevideo, la improbable




Montevideo 2029. Me piden que me proyecte, que haga el ejercicio. ¿Pero cómo imaginarlo, siendo como soy una vagabunda, una eterna pasajera en tránsito? Proyectarme hacia el futuro es casi imposible para mí. Pienso: voy a tener 53 años. Pero no es verdad; esa cifra no significa nada para mí. Cuando pienso en el futuro, pienso en tsunamis, en cáncer cerebral, en accidentes de avión. Fobias, miedos, ansiedad. No hay forma más fácil de desconectarse de uno mismo, de desintegrarse, que pensar en el futuro. A menudo me siento al borde de un precipicio, que de un momento a otro daré un paso y caeré al vacío, o peor (¿mejor?), que saltaré al vacío. Año 2029. Esté donde esté, no puedo imaginar vivir en ninguna parte sin volver, irremediablemente, a Montevideo. En un documental del año 65 (Ladies and Gentlemen… Mr. Leonard Cohen), Cohen dice que cada tanto tiene que volver a Montreal, su ciudad natal, a “renovar los lazos neuróticos”. Los mismo me pasa con Montevideo. Necesito volver, renovar las viejas neurosis y salir lo antes posible, antes de que Montevideo acabe conmigo. ¿Problema de Montevideo? No. Problema mío. De mis ansias de escape. Escapar de su ciudad es escapar de uno mismo. Escapar en vano, claro está, como dijo Kavafis: “No hallarás otra tierra ni otro mar/ La ciudad irá siempre en ti. Volverás / a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez; / en la misma casa encanecerás. / Pues la ciudad siempre es la misma. Otra no busques / -no hay-, / ni caminos ni barco para ti. / La vida que aquí perdiste / la has destruido en toda la Tierra".

Le estoy sacando el cuerpo al ejercicio. Cuando pienso en Montevideo futurista me vienen a la mente imágenes de la película Brazil, no sé por qué, tal vez por el Palacio Salvo, esa ciudad hecha edificio. Ese edificio hecho cohete. Yo viví en el Palacio Salvo, en el cuarto piso con vista a la plaza. De vez en cuando me despertaba la banda militar con sus trombones, y al mirar por la ventana veía blandengues y coronas de flores a los pies de Artigas. A veces me despertaban las cucarachas, simplemente; me caminaban por las piernas mientras dormía, y eso a pesar del señor fumigador y de las trampitas de plástico que había puesto en todos los rincones. Puedo decir que las cucarachas me desalojaron, terminaron con mi sueño del Palacio.

Montevideo 2029 será también las ruinas arqueológicas de mi memoria. A los 53 años, el pasado será más largo que el futuro. Supongo que recorreré la ciudad, el barrio Cordón y La blanqueada, constatando los cambios. Esa cuadra de la calle Chaná que antes parecía eterna, todo un mundo, y que ahora no es más que eso: una cuadra de cien metros que camino a las apuradas. La panadería, que ya se habrá convertido en farmacia (¿por qué hay tantas farmacias en Montevideo?); el Salón Liborio pero sin Liborio. Pensaré en los bares y en las personas que ya no están. Sobre todo en las personas, porque ¿qué es una ciudad sino eso, el mapa de los afectos? Será por eso que, hacia el final de su vida, mi abuela se sentía desorientada, como si ya no perteneciera a la ciudad, porque casi todas sus amigas habían muerto. Al revés, debería haber dicho “como si la ciudad ya no le perteneciera”. Los ladrillos habían sido esas personas y ahora eran polvo que vuelve al polvo, una ciudad derrumbada.

Mi ejercicio fracasó, lo sé. Empecé sabiendo que iba a fracasar y no hay fórmula más segura para el fracaso. Supongo que Montevideo seguirá avanzando en la misma dirección en que la he visto avanzar en los últimos 15 años. Se irá latinizando, se irá pareciendo cada vez más a una ciudad de América Latina y cada vez menos a una ciudad de Europa. Es que hace mucho que no se le parece, bah, aunque sí en nuestro imaginario, en nuestra fantasía europeizante. Y supongo que en 2029 Montevideo no será un mal lugar para una mujer de 53 años. Sin duda me sentiré joven, una piba, si se toma en cuenta que la población seguirá envejeciendo y que mientras a principios del siglo XX había 16 jóvenes por cada adulto mayor de 65 años, hoy sólo hay 2. Uruguay es, por lejos, el país más “viejo-friendly" de América Latina (13% de la población contra 5% en Argentina y 9% en Brasil), y la proyección indica que para el 2030 ese porcentaje habrá aumentado al 16%.

Y es ésa --¡ahora me doy cuenta!-- la razón por la que hay tantas farmacias en Montevideo. Para entonces tal vez el Salón Liborio, el Bar Tasende, la Librería del Cordón y la Cinemateca 18 también se habrán convertido en farmacias.

*La vagabunda es la columna que escribo para la revista Freeway. Este texto corresponde al mes de octubre. Foto de Fernanda Montoro

11/11/2009

La vagabunda*

Primavera en Nueva York




Mi habitación es la 828 (la de Leonard Cohen fue la 222, la de Bob Dylan, la 211). Del pestillo cuelga uno de esos carteles de no molestar típicos de los hoteles, sólo que éste dice: “Por favor, no molestar. Estoy escribiendo la próxima gran novela americana”. La habitación explota de luz. Desde la ventana se ven los techos vacíos, las azoteas deshabitadas; sólo tanques de agua y estructuras de metal. El baño es compartido y queda en el pasillo. Sobre la cama hay un shampoo y un jabón que dicen Hotel Chelsea New York. A rest stop for rare individuals. Los que lo conocieron de otras épocas dicen que ya no es lo mismo, pero alcanza con pasar diez minutos en la recepción para entender a qué se refieren con individuos raros. La mayoría de las personas con las que me cruzo en el ascensor viven ahí. Traen sus perros, sus gatos, sus loritos en el hombro. Traen sus peinados estrafalarios, sus caras trasnochadas. Camino por los pasillos, busco puertas abiertas para espiar mundos ajenos. ¿Cuánto hace que sueño con pasar una noche en el Chelsea Hotel? Más de diez años, desde el día en que escuché la canción de Leonard Cohen, probablemente. Mucho antes de saber que este hotel tenía una historia, que allí Bob Dylan había escrito Sad Eyed Lady of the Lowlands y Kubrick y Arthur Clarke, el guión de 2001: Odisea del espacio; antes de saber que ahí había muerto el poeta Dylan Thomas (en la habitación 205) y vivido Patti Smith con Robert Mapplethorpe, quienes por las noches se cruzaban con otro residente: el viejo, ya viejo, William Burroughs. Mucho antes, también, de haber conocido la recepción, de haber pasado un rato sentada en los sillones del hall, mirando las paredes cubiertas de cuadros, envidiando a los que entraban y salían… Pero ahora estaba ahí. Tenía 24 horas, y mi habitación era la 828.

Por la noche voy a un concierto de Irma Thomas, negra imponente que no ha perdido la robustez del cuerpo ni de la voz y que es apodada “la reina del soul de Nueva Orleans”. Como cada país tiene su cliché, pido un dry martini, la bebida mítica de Truman Capote, Scott Fitzgerald y hasta de James Bond. Somerset Maughman dijo que un buen martini debía removerse, no agitarse (stirred, not shaken). Después supe que un estudio científico había demostrado que un martini “agitado” liberaba más antioxidantes. Yo me pregunto quién tomaría un dry martini por sus propiedades antioxidantes… Como sea, tres martinis son demasiados martinis. Por algo le llaman la “bala de plata”, porque es clara, potente y siempre da en el blanco: tres martinis con el estómago vacío y te parece que la ciudad de Nueva York está adentro de tu cabeza.

Al la mañana siguiente la primavera brilla en todo su esplendor. La gente se precipita a las plazas como si hiciera años o siglos que no ven el sol. Hay flores amarillas, las flores comunes y corrientes de todos los parques, plazas y jardines neoyorquinos. Narcisos. Recién hoy me entero de que esas flores con picos se llaman narcisos, y ahora me parece obvio que ésa sea la flor de Nueva York. Tengo un café en vaso de papel apretado entre las manos. Los ejecutivos sacan sus laptops y trabajan al sol. Las mujeres comen de sus tupperwares. Un grupo de hombres ha organizado un torneo de bochas. Algunos parecen jubilados –llevan camisas de felpa–, pero también hay un hombre muy elegante que ha dejado su saco prolijamente colgado sobre la silla. Las palomas vienen a pedirnos migas. El sol rebota en los edificios espejados y nos hiere los ojos. Es así, la primavera en Nueva York.

Vuelvo a Francia preguntándome cuál será el tema del momento. Cansada y sin haber pegado un ojo durante el vuelo, abro una revista y me encuentro con una larga nota sobre “por qué los estadounidenses no leen literatura francesa contemporánea”. Al parecer, muy pocos autores franceses (entre los afortunados se encuentra Houellebecq, que de todos modos ha dado pérdida a sus editores norteamericanos) son traducidos al inglés. Gran escándalo. Francia no comprende cómo una cultura hegemónica puede no interesarse por una ex cultura hegemónica. (Andy Warhol hablaría de los quince minutos de fama.) Cuando se le pregunta, Philip Gourevitch, un escritor y periodista estadounidense, contesta: “¿Por qué leeríamos nosotros una novela francesa donde un tipo habla de su divorcio, si en Estados Unidos tenemos miles de novelas de tipos que hablan sobre su divorcio?”. Cierro la revista. Mejor dormir.


*La vagabonde es la columna que escribo para la revista Freeway. Este texto corresponde al mes de setiembre.