Montevideo 2029. Me piden que me proyecte, que haga el ejercicio. ¿Pero cómo imaginarlo, siendo como soy una vagabunda, una eterna pasajera en tránsito? Proyectarme hacia el futuro es casi imposible para mí. Pienso: voy a tener 53 años. Pero no es verdad; esa cifra no significa nada para mí. Cuando pienso en el futuro, pienso en tsunamis, en cáncer cerebral, en accidentes de avión. Fobias, miedos, ansiedad. No hay forma más fácil de desconectarse de uno mismo, de desintegrarse, que pensar en el futuro. A menudo me siento al borde de un precipicio, que de un momento a otro daré un paso y caeré al vacío, o peor (¿mejor?), que saltaré al vacío. Año 2029. Esté donde esté, no puedo imaginar vivir en ninguna parte sin volver, irremediablemente, a Montevideo. En un documental del año 65 (Ladies and Gentlemen… Mr. Leonard Cohen), Cohen dice que cada tanto tiene que volver a Montreal, su ciudad natal, a “renovar los lazos neuróticos”. Los mismo me pasa con Montevideo. Necesito volver, renovar las viejas neurosis y salir lo antes posible, antes de que Montevideo acabe conmigo. ¿Problema de Montevideo? No. Problema mío. De mis ansias de escape. Escapar de su ciudad es escapar de uno mismo. Escapar en vano, claro está, como dijo Kavafis: “No hallarás otra tierra ni otro mar/ La ciudad irá siempre en ti. Volverás / a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez; / en la misma casa encanecerás. / Pues la ciudad siempre es la misma. Otra no busques / -no hay-, / ni caminos ni barco para ti. / La vida que aquí perdiste / la has destruido en toda la Tierra".
Le estoy sacando el cuerpo al ejercicio. Cuando pienso en Montevideo futurista me vienen a la mente imágenes de la película Brazil, no sé por qué, tal vez por el Palacio Salvo, esa ciudad hecha edificio. Ese edificio hecho cohete. Yo viví en el Palacio Salvo, en el cuarto piso con vista a la plaza. De vez en cuando me despertaba la banda militar con sus trombones, y al mirar por la ventana veía blandengues y coronas de flores a los pies de Artigas. A veces me despertaban las cucarachas, simplemente; me caminaban por las piernas mientras dormía, y eso a pesar del señor fumigador y de las trampitas de plástico que había puesto en todos los rincones. Puedo decir que las cucarachas me desalojaron, terminaron con mi sueño del Palacio.
Montevideo 2029 será también las ruinas arqueológicas de mi memoria. A los 53 años, el pasado será más largo que el futuro. Supongo que recorreré la ciudad, el barrio Cordón y La blanqueada, constatando los cambios. Esa cuadra de la calle Chaná que antes parecía eterna, todo un mundo, y que ahora no es más que eso: una cuadra de cien metros que camino a las apuradas. La panadería, que ya se habrá convertido en farmacia (¿por qué hay tantas farmacias en Montevideo?); el Salón Liborio pero sin Liborio. Pensaré en los bares y en las personas que ya no están. Sobre todo en las personas, porque ¿qué es una ciudad sino eso, el mapa de los afectos? Será por eso que, hacia el final de su vida, mi abuela se sentía desorientada, como si ya no perteneciera a la ciudad, porque casi todas sus amigas habían muerto. Al revés, debería haber dicho “como si la ciudad ya no le perteneciera”. Los ladrillos habían sido esas personas y ahora eran polvo que vuelve al polvo, una ciudad derrumbada.
Mi ejercicio fracasó, lo sé. Empecé sabiendo que iba a fracasar y no hay fórmula más segura para el fracaso. Supongo que Montevideo seguirá avanzando en la misma dirección en que la he visto avanzar en los últimos 15 años. Se irá latinizando, se irá pareciendo cada vez más a una ciudad de América Latina y cada vez menos a una ciudad de Europa. Es que hace mucho que no se le parece, bah, aunque sí en nuestro imaginario, en nuestra fantasía europeizante. Y supongo que en 2029 Montevideo no será un mal lugar para una mujer de 53 años. Sin duda me sentiré joven, una piba, si se toma en cuenta que la población seguirá envejeciendo y que mientras a principios del siglo XX había 16 jóvenes por cada adulto mayor de 65 años, hoy sólo hay 2. Uruguay es, por lejos, el país más “viejo-friendly" de América Latina (13% de la población contra 5% en Argentina y 9% en Brasil), y la proyección indica que para el 2030 ese porcentaje habrá aumentado al 16%.
Y es ésa --¡ahora me doy cuenta!-- la razón por la que hay tantas farmacias en Montevideo. Para entonces tal vez el Salón Liborio, el Bar Tasende, la Librería del Cordón y la Cinemateca 18 también se habrán convertido en farmacias.



