En Berlín nunca oscurece del todo. A lo largo del horizonte queda un resplandor celeste, como si una ciudad lejana se estuviera incendiando. A las tres y media de la mañana ya empieza a amanecer. No es el amanecer que nosotros conocemos, sino una claridad blancuzca, casi rosada, acompañada del canto de los pájaros nocturnos. Una claridad engañosa. Al principio te parece que no puede ser, que debe de haber algún foco prendido junto a la ventana; pero no, alcanza con correr la cortina para descubrir ese gris lechoso que anuncia la mañana. Si no me dormí antes de esa hora (algo muy común, últimamente), es casi seguro que ya no dormiré hasta las seis, cuando me venza el cansancio. Es que a pesar de ser noctámbula, odio dormirme de día; odio ver la luz en la ventana revelando mi cara cansada y el desorden que fui dejando durante la noche. Tazas y platos sucios por toda la casa, libros desperdigados, un par de medias sobre la mesa, un acolchado en el sillón: los restos de la noche. Podría decirse que no me gusta que las cosas comiencen cuando yo misma me estoy acabando. Miedo a la muerte, tal vez. Aunque la palabra miedo no es exacta. ¿Por qué habría de darme miedo? Me da rabia. Me da envidia de los otros que se quedan y que comienzan un día lleno de pequeñas actividades. Si fuera un muerto añoraría las cosas simples: hacerme el café con leche con espuma, bien batido y sin escatimar las energías; cortar una sandía y sacarle todas y cada una de las semillas antes de comerla para disfrutarla mejor. Pequeñas cosas de la vida cotidiana. Pequeños placeres que a veces me pierdo por haraganería.
Pero vuelvo a los amaneceres de Berlín. A las cuatro de la mañana los pájaros ya cantan desaforados, tan fuerte que no me dejan dormir, y apenas media hora más tarde el sol está ahí, agarrándote desprevenida, atándote al día con sus hilos dorados. Una telaraña diurna; una trampa para extranjeros que no nos esperábamos este amanecer repentino. No me gusta, y siempre me digo que esa mañana voy a despertarme temprano, voy a arrastrar el cansancio durante todo el día para acomodar los horarios, pero al final nunca lo hago. A cierta hora de la mañana los pájaros se callan y dejan espacio a los gorriones y al murmullo de las hojas. Entonces me duermo, al fin, cierro los ojos y pienso que mañana será diferente.
Gracias a Fernanda Montoro por la foto.
Gracias a Fernanda Montoro por la foto.

11 comentarios:
Sabés que en Londres alguna vez supe vivir ese amanecer blancuzco, pero más bien saliendo de la casa,a trabajar lejos..recuerdos que me traen dolor de panza:)
Si has estado en Berlín podrias indicarme si los gorriones tienen canto " Teutón", o universal es su chapurreo? Un abrazo del pirado sin medicar.
Fer, qué hermoso texto!!! Los cielos que describís de Berlín son muy parecidos a los que veo aquí en Holanda. El sol suele estar oculto entre las nubes y la luz que se filtra me hace entornar los ojos, como si me estuvieran sacando una fotografía con flash...
Un besote, Ale
Gracias, Ale. Como dice la canción "ese cielo, no es el cielo de mi tierra".
Yo (Tú), al menos no cantan en alemán, lo que ya es un alivio. Acabo de llegar de la calle donde había un loco gritando a voz en cuello y reboleando el bastón, y te puedo asegurar que daba miedo. Pero me parece que no son los mismos gorriones que allá, porque cantan distinto y porque cantan a destiempo.
¡Gracias por pasar y leer!
F
Querida Fer, no es común que vuelva a releer un texto en internet. Me encantan las relecturas pero en papel. Lo que pasa es que este relato me atrapó. Está redondito!!! Me resultó tan jugoso, que la primera vez que lo leí me dieron ganas de releerlo una vez más, pero como andaba con poco tiempo, volví hoy a tu blog-refugio y aquí estoy, releyéndote una vez más. Hay unas imágenes bellísimas, como la del resplandor del cielo comparado con un foco de luz, entre otras tantas. Pero lo que más me atrapa de este relato es la carga emotiva que tiene cada imagen. Te felicito!
Gracias por inspirarme tanto...
Un besote y nos vemos pronto en Berlín!!
Ale
Esa ciudad es la ruina de los sonambulos, jamás estaría realmente despierto por lo que jamás dormiría...por lo que jamás me sentaría completamente vivo.
Dificil no volverse loco en un lugar asi
Saludo,
Juan
Así estoy, ¡jua!
por suerte el blog volvió con toda su fuerza!!!!
seguí escribiendo, fer...
mmm...no he estado ahí, pero seguro que añoraría el cielo del paisito, es raro lo que contás. Me encanto este relato cotidiano y comparto plenamente contigo dos cosas fundamentales: por donde paso dejo un reguero de cosas, que luego odio de solo mirarlas...y la muerte me provoca lo mismo que a ti, envidia (y no sana, que no existe) por los otros. Sigo leyéndote, que es un gusto. Cariños, Claudia
Gracias, Clau. Me alegra muchísimo que la mesa te haya motivado a pasar por acá. La verdad es que me hubiera gustado que los oyentes pudieran participar más, porque al fin y al cabo ese es el espíritu del blog. Claro que habría sido una mesa impracticable, una anarquía... pero habría estado bueno conocer las direcciones de blog de las personas que asistieron, ¿no?
leyendo tus nartivas es una manera de viajar,conocer lugares que quizas nunca conozca, me encantó.
floria
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