Siempre me pregunté qué hacían los escritores en los encuentros de escritores. Hablar, supongo, ¿pero de qué? ¿De literatura? ¿Del futuro del libro? ¿De lo mal que está el mercado? ¿De sí mismos? Porque los escritores, tal vez por esa introspección inherente a la escritura, muchas veces no son buenos oradores. Algunos lo son (el caso más famoso es Borges), pero otros tienen poco “swing” para contestar entrevistas.
Yo me siento muy torpe cuando tengo que hablar en público. No tengo capacidad de reacción inmediata y a veces hasta siento que no puedo pensar con claridad si no tengo un lápiz y un papel delante. Hace poco me entrevistaron para una radio e hice un papelón. Después, en los cortes, se me ocurrían las respuestas que unos minutos antes me habían dejado en blanco. Algo parecido me pasa en las discusiones de pareja. Después me quedo echando humo por las orejas y pensando en todas las cosas ingeniosas y punzantes que podría haber dicho.
Una vez me contaron que en el encuentro de escritores que se realiza en Maldonado, un escritor dijo que él no leía mujeres ni premios Nobel. Lo dijo con orgullo. Desde entonces me quedó esa imagen: escritores que se toman demasiado en serio y que al darse la mano se pasan un resumen de su currículum. Pero resultó que no. Hace poco pude verlo de cerca, en un encuentro de escritores que se organizó en Portugal y al que fui de oyente. No se pasan el currículum. De hecho se saludan como si supieran exactamente quién es el otro, y supongo que, igual que yo, después irán al catálogo a buscar la fotito y ver con quién estuvieron hablando. No siempre es fácil, porque algunas personas ponen fotos de cuando tenían 35 años, y dado que ahora tienen 75, hay que hacer un esfuerzo de imaginación.
En los encuentros también se come mucho; se come hasta explotar. Los portugueses se jactan de su gastronomía y tienen con qué: bacalao, calamares, pulpo, vinos, oporto y postres caseros maravillosos. Se come, se toma, se canta y hasta se toca la guitarra. Se intercambian libros. Se conoce gente: de la buena y de la mala. Se hacen amigos y enemigos. También se harán amantes, aunque de eso no puedo dar fe.
Algunas discusiones son acaloradas. Yo presencié una que casi terminó con libros volando. Un escritor español, conocido y bastante jactancioso, dijo que él tenía derecho a opinar sobre lo que pasaba en el Río de la Plata porque su abuelo había vivido en Buenos Aires. Casi enseguida sus opiniones demostraron lo contrario: que tenía un conocimiento bastante imperfecto y europeizante de nuestra realidad. Mientras hablaba, el escritor en cuestión, con una gran panza de buena vida, se servía más vino y gambas asadas. “No dejes que la panza te nuble la visión”, le dijo un escritor del Río de la Plata. Alguien igualó a Perón con Hitler y ahí se armó la debacle. No volaron libros porque sólo había gambas sobre la mesa. Yo me levanté, con disimulo, y me fui a la mesa de postres (total, como soy mujer, nadie espera que opine nada).
En el ascensor del hotel me encontré con una señora que apenas podía mantenerse en pie de tanto que le había dado al oporto. Era poeta, y al bajarse del ascensor sostuvo las puertas con las dos manos para que no se cerraran.
—Yo fui a un encuentro de poesía en Córdoba —me dijo—, y conocí a la Reina de Argentina.
Me la quedé mirando, sin entender, y por un momento hasta pensé en decirle que en Argentina no había monarquía, pero ella rompió el suspenso y remató:
—Marosa di Gorgio.
Portugal me resultó un país entrañable. Me llegó al corazón por la amabilidad de la gente y por esa nostalgia que me hizo sentir como en casa. La cercanía del agua; el ritmo de vida lento y la sensación de no estar del todo en el primer mundo. Se nota la diferencia con los países ricos de Europa. Lisboa sigue teniendo algo provincial que a estas alturas ya es un tesoro. Aún no fue devorada por la globalización y en las calles pueden verse almacenes de barrio donde cuelgan enormes pedazos de bacalao seco y gigantescos tarros de vidrio con aceitunas y nueces. En los mercados se mezcla el olor dulce de la fruta con el ácido de unos pescados raros, alienígenas. Se ven peluquerías detenidas en el tiempo. Pescadores que sueñan la vida al revés: la tierra vista desde el mar. Cerámicas azules. Un velatorio en una iglesia barroca y el muerto solito ahí, apenas cubierto por un tul. La música de fado y la eterna Amalia Rodríguez que suena en cada esquina. El olor a comida casera, a canela y azafrán, escapa por las ventanas y se hunde en las calles de adoquines. Un grupo de mujeres, vestidas de negro hasta la cabeza, rezan el Rosario. Me siento en otro tiempo, donde las mujeres lloran a sus maridos que salieron hacia el Nuevo mundo o a sus hijos muertos en la guerra de ultramar.
Una vez me dijeron que el Rosario sostiene al mundo. Siempre hay alguien repitiéndolo en alguna parte, tanto de día como de noche. Y tal vez sea cierto; tal vez el mundo se detenga si estas señoras dejan de rezar. ¿Cómo saberlo? Por las dudas, prefiero no hacer la prueba.
10 comentarios:
Disfruté mucho de este post, Fer!
Que alegría siempre tener algo nuevo tuyo para leer:)
"encuentro de escritores", ¡que fiasco!
estoy totalmente de acuerdo en esa cuestión oral, es más: "Usted, posible lector, si se encuentra en algunos de esos lugares a un escritor que sea un buen orador, un gran comunicador verbal, OJO, usted desconfié, posible lector"
fer, creo que no hay duda que los escritores en masa se transforman en una fauna bastante particular, que vista de afuera puede parecer muy ridícula.
pd: no conozco lisboa, pero siempre la imagine con un aire a la ciudad vieja; esas construcciones antiguas tan cerca del mar... ¡cuanta melancolía!
He ido al tal Encuentro. Recuerdo con placer la vez que un antiguo miembro de la fauna local mandó callar a unos especímenes importados que no paraban de hablar por allá atrás, sin dejarlo escuchar a la escritora que hablaba.
¿Y quién dice que Marosa no era la reina de Argentina? Acá no podía ser reina, no sería extraño -ni nuevo- que algún uruguayo sea el rey del otro lado.
En estos momentos terribles para mí, me metí a leer tu post y me dio aire. Lo bien escrito, lo que te muestra almas afines por transparencia, tiene ese efecto. Me alegra no ser el único bicho raro que odia la farándula de escritores "pour la gallery": se escribe porque no hay otra alternativa posible, para sí, porque sí, para otros que uno nunca verá, pero a quienes habrá dejado un extraño rastro tipo miguitas de Pulgarcito. Menos mal que no soy la única. Hace muchos años hubiera pensado que yo, simplemente, tenía miedo de afrontar todo aquello, propio de ser un "profesional maduro". Hoy me da risa, me parece que pierden el tiempo, pero lo respeto: cada cual lo invierte en lo que quiere, e incluso en el Preescolar uno encuentra padres que necesitan tener poder y visibilidad en las actividades más estúpidas que te puedas imaginar.
Y lo de Lisboa... Precioso, vagabonde. Mi amiga Paulina (30 años de amistad, madrina de mi hijo, mexicana) me visitó en Montevideo en 1994. Dijo que le recordaba mucho a Portugal: algo melancólica, incluso decadente pero hermosa, con el mar y los barcos, gris...
Salí de la Mesa Redonda del Festival Ñ, en la que participaste, y me vine derechito a casa para entrar a tu blog (también voy a entrar a los de Laura y J.Meneses, claro). Me gustó mucho esta primero que leo. Te dejo un beso, y sigo leyendo. Mucho gusto, me llamo Claudia...me olvidaba...
Fernanda, estuve escuchándote en la mesa sobre Blogs y Literatura en el Festival EÑE, de ahí que entro por acá. Participé en uno de los talleres del festival donde nos tuvimos que presentar, cada uno escupía su curriculum porque quienes estábamos allí nos interesamos en el festival como escritores, lectores u otros actores literarios. Yo traté de romper eso diciendo mi nombre y haciendo enseguida una pregunta.
Saludos y felicitaciones por lo que escribís y por cómo lo hacés.
Richard Posse.
Hola Richard, gracias por tus palabras. La verdad es que esa fue al primera mesa en la que participé en mi vida y todavía no le encuentro el sentido a ese tipo de cosas. Los que escribimos tendríamos que preocuparnos más por escuchar (a la gente en la calle, al vecino, a "la señora que limpia") en lugar de hablar (casi siempre pavadas). Por eso me sentí un poco incómoda, tal vez se haya notado. A veces uno acepta hacer cosas y después se siente un ridículo. Agradezco, entonces, que al menos haya servido para que una o dos personas, como vos, hayan tenido ganas de pasar por acá. Gracias y saludos
F
Gabriela nos había recomendado tu blog. No se equivocaba!Disfruté mucho de este texto. Muchas gracias.
Hola Cecilia, gracias por tus palabras. No sé si hace mucho que dejaste este comentario. Estuve un tiempo sin abrir el blog y recién lo veo.
Un saludo y gracias por pasar
Fernanda
hola,sigo leyéndote,y cada dia me gusta más tu estilo,espero poder verte en algún otro seminario,
cariños floria
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