Yo soy insignificante. Escribo cosas que no interesan a nadie. Soy una mediocre -esa palabra que le gusta tanto a algunos-, tengo apenas dos libritos publicados y ya demasiado viejos. Tengo sólo 62 seguidores en este blog en el que me permito -sí, me permito... porque me permito todo lo que se me canta- escribir cosas sobre mi vida cotidiana (no obligo a nadie a leerlas y además no hay que pagar la entrada). También soy fea. En la intimidad incluso soy repulsiva, tengo olor a podrido, tengo una boca espantosa que aleja a cualquier hombre -o mujer- que se me acerque con esas intenciones. Soy mala. Soy el mal personificado. Soy imposible de querer. Soy fácilmente olvidable. Y tengo (¿como todo el mundo?) una cantidad enorme de imperfecciones físicas y de todo tipo. “Y sin embargo debo escribir sin embargo” (esta frase es de Onetti, no mía). Y sin embargo... hay una persona en este mundo, una Gran persona, un Gran Escritor, el mejor -autodefinido-, que parece interesarse mucho por lo que yo escribo, que parece interesarse demasiado por este blog que casi no existe en la blogósfera y que casi nunca actualizo. Esa persona tan importante parece, digámoslo así, demasiado pendiente de si yo miro o no miro pasar trenes a la noche. Paranoia... Quiero decir, paranoia la mía, ¿no? Va a decir eso... Que justo, justo, justo, quiso escribir sobre esos escritores burgueses que miran pasar los trenes a la noche por Buenos Aires. ¿Sabén por qué me gusta mirar los trenes? Porque en Montevideo no hay, porque me recuerda a otros tiempos, cuando sí había. Y en particular, la otra noche, me gustó mirarlos por otras razones, por el contexto, por la conversación, por lo que pasaba dentro de mí (sí, ¡de mí! Mi persona, mi yo, mi escueta existencia). ¿Y desde cuándo todo lo que pasa no es lo que le pasa a alguien? A ver... digamos que recibo cartitas de lectores (increíble: ¡yo también las recibo!): si yo las publico en el blog, es autombombo; si un Gran Escritor -cualquiera- lo hace, es sólo la más profunda y sincera gratitud hacia sus lectores (lo mismo con las entrevistas y demás anuncios marketineros). Ay, queridos 62 lectores de este blog: la hipocresía. La hipocresía es algo terrible. Y la deshonestidad es algo que, a la larga o a la corta, se va a notar. Siempre. Créanme: siempre. Y si no me creen, sólo esperen un poco.
Como habrán notado, no se puede dejar comentarios en estas entradas, desgraciadamente. Tuve que deshabilitar esa opción porque me cansé de leer insultos de un anónimo con múltiples personalidades (es que todavía no soy tan importante como para tener tantos anónimos interesados en criticar sobre qué escribo, o si miro pasar trenes, o si como una torta psicodélica) .Espero que no sea para siempre, pero me pueden escribir a la nueva dirección de mail que ya saben y que sí leo.
Martes: en la calle Guatemala hay una mini comunidad de uruguayos que se reunió a mirar el partido contra Perú. Lo mejor fue el festejo de la victoria. Además, el eje de Guatemala se pronunció en contra del babosea generalizado en FB contra “la” Argentina. Hay que ser buenos perdedores -eso inclusive no es tan difícil-, pero sobre todo hay que ser buenos ganadores.
Miércoles: lo mejor fue cruzar la plaza, donde unos ocho niños de entre 7 y 10 años jugaban a la pelota, y oír a uno decir: “Somos Uruguay”. Otro: “¿¡Qué!? No”. Y otro más: “Sí, jugamos a que somos Uruguay”.
Jueves: Ffffff..... 16 horas de trabajo (sentada, sin contar los momentos para comer). Definitivamente lo que se dice un “día de mierda”. Lo mejor: constatar que algunas personas están siempre ahí, siempre siempre, como rocas de las que puedo abrazarme cuando me canso de nadar.