02/11/2011

Uña

Increíble lo que puede doler una uña encarnada. Algo tan chico, tan insignificante como eso. Una uña encarnada puede despertarte durante la noche. Puede traerte pesadillas. Y no es como esos dolores grandes que una aprende a conocer, que duelen al movernos de tal o cual manera. Preferible quedarse quieta, no comer, si es necesario, para no sentir el tirón, la electricidad que se dispara desde el labio roto y que te hace decir “ay” en la noche, “ay”, en la soledad, cuando no hay nadie para escucharte, nadie para decir que no es posible que haga cinco días que no comés nada. Con la uña encarnada pasa lo contrario: dan ganas de hacer doler, como con las ronchas, que es mejor rascar hasta que sangren antes que aguantar la picazón interminable, esa molestia que no se define. Lo que no se define: la agonía. Me muerdo la uña encarnada, la aprieto y digo “ay ay ay”, aunque no haya nadie, o tal vez porque no hay nadie, digo “ay”.

Con la uña encarnada se convive. Hasta se olvida, por momentos. Por ejemplo: acabo de saltar de felicidad al recordar que tenía galletitas dulces en el fondo de una bolsa de tela. Pensé que ya no me quedaba nada dulce (en la casa, quiero decir). Mientras las comía, se me ocurrió que tal vez mañana ya no me dolería la uña. Puede ser que mañana haya crecido, porque por suerte las uñas y el pelo es lo único que nunca deja de crecer, aun después de muertos. Entonces, quién sabe, está la esperanza. Como con las galletitas: olvidadas en el fondo de la bolsa.